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El traje nuevo del Emperador, A Criterio de José Manuel Mata

El traje nuevo del Emperador, A Criterio de José Manuel Mata


El escritor danés Hans Christian Andersen publicó en 1837 su obra “El traje nuevo del emperador”, obra adaptada de otra anterior medieval española “el conde Lucanor”. Ambas relatan al emperador vanidoso engañado por estafadores que tejen un traje con una tela tan extraordinaria que solo los tontos y los indignos no pueden ver.


Así, el emperador para no parecer tonto no dice no verla y afirma incluso que la tela es extraordinaria, sus ministros tampoco ven nada y para no parecer indignos elogian la calidad de la misma. Poco a poco toda la corte participa de la ficción hasta que llega el momento del desfile del emperador, todo el mundo se asombra, pero nadie dice nada hasta que un niño rompe el silencio “el emperador va desnudo”. En la versión del conde Lucanor quienes no podían ver la tela eran los “bastardos” solo la podían ver los hijos legítimos. En ambas versiones se juega con los miedos, en una con el honor y la legitimidad familiar, en la otra a parecer tonto o indigno.


En el conde Lucanor quien dice que el emperador está desnudo es un hombre negro, refiriendo a alguien excluido del sistema social que no teniendo nada que perder pude decir lo que nadie se atreve. En la versión de Andersen el niño, aún no forma parte del sistema, pero el efecto es el mismo. Los relatos satirizan la vanidad y el miedo social a parecer estúpido.


En el conde Lucanor hay una clara intención moral, por ello al descubrir el engaño se intenta reestablecer el orden social y castigar a los estafadores. La verdad pesa. Con Andersen, todos se dan cuenta del engaño, el niño solo evidencia la verdad, sin embargo, el desfile continúa. El emperador avanza, la corte sigue fingiendo.


La obra de Andersen cobra singular inquietud. No solo describe al emperador vanidoso y a sus súbditos, sino refiere a una sociedad que ve la realidad evidente y decide voltear su mirada hacia otro lado. Todos esperan que sea alguien más quien lo señale y lo pelee. La presión social pesa más que la verdad.


Solo es cuestión de no voltear la mirada, la realidad que aplasta a México ya es un escándalo que trascendió fronteras por ser un catálogo de fracasos. Su revisión es prueba de una inviabilidad populista a través de la compra de voluntades.


Después de siete años y medio el crecimiento económico ha sido el menor de los últimos 40 años, el déficit fiscal está comprometido por el nivel de deuda alcanzado, el deterioro de la infraestructura sanitaria y el desabasto de medicamentos está documentado, el territorio nacional fue entregado a la delincuencia al menos seis años con récord de homicidios incluido, bajo el lema “no somos iguales” la corrupción he crecido exponencialmente y la fiscalía general juega el papel de alcahueta, la soberanía energética resultó una vacilada, la nueva escuela mexicana un malogrado esquema comunista, las grandes obras icónicas solo infortunios. Y por si faltara algo, la presidente intentando mantener su endeble línea ideológica no para entenderla, pero si seguir beneficiada.


En las versiones literarias los estafadores aprovecharon la debilidad del emperador por la apariencia. En una sociedad obsesionada en ello resulta fácil prometer la ilusión que todos esperan. Y hoy, en México tenemos “un elefante en la habitación”, metáfora que describe un problema enorme y evidente que muchos ignoran deliberadamente, una verdad obvia que no se quiere señalar por conveniencia o miedo a significarse.



 
 
 

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